sábado, 6 de agosto de 2016

"Pirulo" Matos, Vende Felicidad




"Los periquitos de la suerte dan los premios, pero no ayudan en el cinco y seis"
Por Omar Vera López


Foto: Nenchew



Desde que la voz del Arcángel, más flamígera que la espada que llameaba a su diestra, expulsó dinero humano, comenzó a preocuparse por el mañana. Hay que ver lo que significa ese "ganarás" el pan con el sudor de tu frente" para un individuo acostumbrado a vivir tal como si estuviera a la sombra de algún tío rico. Si hubiera estado en ésta, nuestra Caracas, el sudor le habría llegado por si solo, sin mucha molestia, pero es de presuponer que en aquel entonces, aunque no había aire acondicionado, por lo menos la vegetación y la arboleda harían muy agradable el clima. Pero volviendo a lo nuestro Padre Adán, nos lo podemos imaginar cabizbajo, sentado sobre los restos de un iguanodonte cualquiera, con las manos perdidas en la cabellera hirsuta, y pensando en cómo podrá atender las necesidades de su creciente familia- se supone que Caín todavía no ha cometido la burrada- cinco millones de venezolanos. Si en esta época hubiera vivido "Pirulo" Matos, seguramente que el primer hombre hubiera acudido presuroso a que el pajarito le adivinara la suerte. Y la sonrisa optimista le hubiera despejado un poco el enredado adorno piloso de su cara con sólo leer algo por el estilo: "Te espera un cambio de fortuna". No tendrás que preocuparte por nada. Vivirás hasta los 80 años. En la lotería juega el número 6417"
La verdad es que no sabemos cómo podría jugar un numerito si no existía la lotería, pero por lo menos dejaría toda la preocupación y la melancolía del primer rostro de nuestro padre Adán. 



Quién es "Pirulo"

El nombre cristiano de "Pirulo" es el de Ramón Matos, y una de sus preocupaciones, la que trae a estas páginas, precisamente, es la de adiestrador de periquitos que pueden ver nuestros lectores  extrayendo los papelitos que señalarán la vida futura de los que se acerquen a beber de esa "fuente de sabiduría"
Ya Matos tiene dos años en este oficio, heredado por decirlo así, de un colombiano que fuñe el introductor de esta modalidad en Venezuela. Los periquitos vienen de la tierra de los crisantemos y los lotos, la China milenaria, y cuestan un promedio de cincuenta bolívares cada uno. "Pirulo" quiso experimentar con canarios, pero se convenció de que los pericos eran los únicos que podían ser amaestrados fácilmente.
Naturalmente les diremos como se enseña a los pequeños y coloridos "pítonisos", pero tendrán que prometer que no intentarán hacerle competencia a Ramón Matos. 
Lo primero es conseguirse el periquito, y luego tener a la mano una "ponchera" bastante honda...En la ponchera están más seguros, y casi no tratan de escapar. Doble usted unos cuantos pepelitos écheles dentro de la ponchera, y ya estamos listos a comenzar nuestro trabajo. Haciendo chasquear los dedos cerca del pequeño animalito, éste comenzará a entender el sonido y muy pronto acudirá dócilmente cada vez que usted lo llame. Enseñándole luego a sacar el papelito y ponérselo en el pico, ya tendrá completamente listo a un alado Mandrake que le dejará ganar un promedio de cincuenta bolívares diarios, si tiene la suerte de elegir un buen lugar. Uno o dos días es lo que tarda Matos en adiestrar al nuevo "adivino", cuyo valor oscila entre los 100 y 150 bolívares....




 Elite 1951 

martes, 2 de agosto de 2016

Don Rómulo Gallegos



Con motivo al 132 aniversario del nacimiento de Don Rómulo Gallegos, quién no ha recibido el respeto que se merece, y que recientemente sus restos y los de su amada compañera fueron profanados en lo que queda del Cementerio General del Sur. 
Pocas cosas podrán resarcir el daño, solo y quizás una Venezuela libre de mediocridad, conformismo y esclavitud logre el cometido. 

Comparto con ustedes la portada e imagen que pude escanear de la "Revista Venezuela Gráfica" que llegó a mis manos, data 28 de febrero de 1928. 

"Ha sus 72 años de edad, ha sido desde profesor calificado de castellano y literatura hasta Presidente de la República por mandato del pueblo. Una vida ejemplar que siempre estuvo presente a la hora de responsabilidad. El retorno a la patria, esta vez, es motivo de júbilo público y de pena íntima, ya que trae consigo el cadáver de su amada esposa"

Rómulo Gallegos a los 72 años de edad, es el maestro de la voz firme y el gesto sereno, el escritor de trayectoria limpia y repercusión continental y el hombre de Estado quién en virtud de la actitud asumida en momentos de gran responsabilidad, frente a los usurpadores del poder dió el más claro ejemplo de dignidad personal. Este segundo regreso del exilio, no representa para él un regreso triunfal como el primero. Cierto es que en su condición de hombre público la añorada patria lo espera con los brazos abiertos, para rendirle homenaje que se merece; pero no es menos verdad que esta vez la satisfacción y el anhelo de reintegrarse a su País, le acompaña también una pena muy honda. Trae consigo los restos de su amada esposa Doña Teotiste de Gallegos, su compañera de toda la vida, quién dejó de existir en la Ciudad de México, durante el último destierro. Por esta circunstancia -muy especial por cierto-, su regreso a la Patria es motivo de satisfacción y de pena a un mismo tiempo. De regocijo público y de pena íntima. 



El Hombre

Como hombre Dón Rómulo Gallegos ha sabido llenar a cabalidad la función de su papel ante la historia. Como ciudadano ha sido ejemplar. Como funcionario fue siempre responsable de sus actos y ha dejado huella perdurable desde los días mozos de la cátedra, pasando por el escaño congresista y la Carpeta Ministerial, hasta llegar por mandato de su pueblo, hasta  la máxima posición que pueda aspirar un venezolano de todos los tiempos: la primera magistratura de la Nación."

lunes, 1 de agosto de 2016

Estampas Típicas de La Metrópoli

 
"A la falda del Calvario se abre la anchurosa avenida de Caño Amarillo, que concluye en las estaciones de los ferrocarriles alemán e inglés y las forjadas verjas de Santa Inés. Aserraderos, garages, [sic] oficinas de café, botiquines, forman su no largo trayecto. A un lado, aprovechando un pedazo de tierra, la previsión municipal ha plantado un bonito jardín. Los tranvías pasan raudos en las horas de llegada y salida de los trenes lentos, perezosos, en las implacables horas del bochorno meridiano. Hace algunos años fué Santa Inés muy traficado por carruajes de lujo y frecuentado por magnates de la política, la diplomacia y la sociedad. Hoy Caño Amarillo es casi un barrio musulmán, sede de la monería, tribu de buhoneros;sugiere abigarrada barriada de Constantinopla.

Bajo el Viaducto Unión, en la misma porción de la ciudad libertadora hay un minúsculo caserío: casuchines de adobes, desiguales tejas, casi sin puertas ni ventanas. Gallinas, pollos, perros, patos, revueltos, más no confundidos, viven en perfecta y envidiable camaradería. Por la noche los vecinos se reúnen en círculo bajo las estrellas y entonces se cantan tristezas atávicas y se cuentan cuentos de guerras y aparecidos. Por las madrugadas los gallos, estridentes y enriscados, cantan, épicos heraldos de la aurora."
 

 
 
(Fotos. Elite de Avilán)
Fuente:
Revista Elite 1926
Transcrito por Caracas en Retrospectiva
(María F Sigillo)
Imagen actual, Villa Santa Inés, Caño Amarillo
Sede del IPC
María F Sigillo
julio, 2016



El Rey de la Cerveza

 
 
 
 
                                                            Caricatura de Ricardo Santos
 
 
Esta que veis, genial caricatura
que nadie, en mi opinión, mejor la haría,
es la de un buen señor que cada día
impone en nuestra vida su figura
 
¿Quién, en efecto, tras la brega dura,
no va a la popular Cervecería
a buscar la beatífica alegría
que de la virtud de los "pumás" procura?
 
Tiene en su nombre Don, Pepe Donzella,
y Dón de gentes además revela
con su trato cordial y su largueza;
 
y yo, en elogio de tan buen sujeto,
quisiera hacerle un singular soneto
con catorce cachorros de cerveza.
 
Job PIM.
 
 
Fuente: Revista Elite  1926
Transcrito por Caracas en retrospectiva
( María F Sigillo) 

sábado, 30 de julio de 2016

Coche, cementerio de estatuas

Uno de los temas que me ha inquietado desde niña, es el relacionado con las estatuas caraqueñas, siempre me ha parecido insólito, por decir lo menos,  que éstas no conserven sus destinos iniciales, y que formen parte del capricho gubernamental de turno.

Encontré este interesante artículo en la revista Elite #107 del 1 de agosto de 1958,  en ella di con la Obra de Don Andrés Bello (1930) del  escultor Español Chicharro Gamo , cuyo destino se debatió en la Exposición realizada en el 2015 en la Sala TAC del Trasnocho Cultural en Caracas por la Fundación Docomomo Venezuela, Presidida por nuestra querida Arq. Hannia Gómez.
 Aquí transcribo la reseña y escanee sus imágenes que no eran de buena calidad. 

El Andrés Bello de la Placita de Capuchinos,
luce ensimismado en su retiro de Coche 

"La Historia duerme en un monólogo de bronce
Los héroes comandan hoy en día las huestes vegetales de los parques abre una ciudad indiferente al pasado. Ana Luisa Llovera escribe sobre las estatuas en Caracas."


“Las estatuas, como los seres vivos, tienen su destino. Y también – como los seres de carne y hueso- las hay con negro hado y otras de risueño signo independiente de su valor artístico, y de la importancia o mérito de aquellos a quienes representan.

Hay estatuas- como seres humanos- que se inician de manera poco favorable y concluyen en forma sorprendente, como esas películas norteamericanas que finalizan con un largo beso cuando todos esperábamos tres asesinatos. Y otras que se estrenan rodeadas de todas las circunstancias propicias y concluyen cualquier día de los depósitos del Aseo Urbano de Caracas.

Solo las estatuas conocen los sueños de la Ciudad 



Caracas, en general, no ha sido muy feliz en materia de estatuas. La del Padre de la Patria que yergue en la plaza principal, por largos años eje y centro de la ciudad, testigo de populares gestas repetidas,  ni siquiera es original: es copia de la que está frente al Palacio Legislativo de Lima, donde en el orden de importancia y de valor estético de los monumentos ocupa el tercer lugar…

El Urdaneta de La Plaza la candelaria ha sido una estatua feliz
en su ubicación. No se sabe, sin embargo, cuanto tiempo permanecerá allí puesto que
sus proporciones grotescas la hacen segura candidata a un exilio
a los suburbios, o al basurero. 

La de Urdaneta, frente a la avenida de su nombre, está muy distante de satisfacer el gusto de las gentes comunes y corrientes, que son la mayoría, y quisieran una caballo más caballo y un jinete más jinete. Probablemente esto resultará una herejía, pues la estatua en cuestión parece corresponder a depuradísimos esquemas estéticos de reciente data. Pero el gusto de la gente es asi…

Acaso con base a ese gusto- llamémoslo “clásico”- por las estatuas, la del General Páez en la Plaza de su nombre es una de las más adecuadas. Es, como si dijéramos, de las que resultan más “bonitas” y también de las que han tenido mejor suerte. Allí ha permanecido por años, inconmovible y férrea, con el jinete afincado sobre sus estribos, enhiesta la lanza, como si estuviera dando aquel famoso grito de “Vuelvan Caras”, que algunos afirman nuca dio.

Sucre otro de nuestros “grandes Grandes” tiene estatua en la parroquia de su nombre, pero la mejor suya de que haya dispuesto Caracas se alzaba en el Calvario, empinada sobre la ciudad de los techos rojos. Era tan marcial, tan buena que el propio General Gómez, de quien es fama  que no era muy entendido en esa materia, se enamoró de ella. Y un día, sin requisito alguno, como él sabía hacer las cosas, envió un camión desde Maracay, la arrancó del paisaje caraqueño y se la llevó a sus predios. 
Andrés Bello, que necesitó poner tierra u océanos entre su patria y su destino extraordinario, ha sido uno de los más “estatuados” y de los más infelices  en estatuas. La que ahora se encuentra en los depósitos del Aseo Urbano, una cosa horrible, antiestética, estaba ante en la Placita de los Capuchinos, donde servía de regodeo  a las palomas, que la usaban para muy poco honorables funciones. Y la que ahora está sobre la Avenida de su nombre tampoco resulta muy atrayente, que digamos.

La estatua del Licenciado Miguel José Sanz que ahora se alza, con toda justicia, en virtud de sus méritos, presidiendo la entrada del Colegio de Abogados, es una de esas estatuas de destino enderezado. Por largos años estuvo tirada en uno de los patios enderezado. Por largos años estuvo tirada en uno de los patios de la Universidad, donde en muchas ocasiones sirvió para “encaramarse” a oír a Jóvito Villalba, al “mono” González y a muchos de los estudiantes fogosos de 1936 y 37 cuando se mitineaba allí en redondo. 
Durante el gobierno del Gral. Medina un grupo de abogados la rescató de los menesteres y se inauguró en el Patio del Palacio de Justicia, con discursos que algo tuvieron de  desagravio. Una de las frecuentes reparaciones desplazó de nuevo al Licenciado Sanz, que ahora encontró su “final feliz” y digno.

Sin embargo, cuando una gringa rubicunda, de esas que vienen para conocer el Humboldt, se para frente a esta estatua, nada le dice que se trata de las Ordenanzas de Caracas, del ilustre jurista que fue herido en la Batalla de Urica y murió más tarde en Maturín. Apenas una palabra; Sanz. Mientras que el escultor cuenta con mayores especificaciones: “Cav. Prof. Pietro Ceccarelli”. De tal manera que no tendrá nada de raro que una turista enterada se refiera alguna vez a “la estatua del Profesor Ceccarelli” vista por ella en su recorrido caraqueño.

Pero si bien no ha sido Caracas propicia en estatuas al reconocimiento de nuestros grandes héroes, tampoco lo ha sido para la consagración de los déspotas, y valga lo uno por lo otro. 

En toda nuestra historia el único gobernante que ha sido capaz de levantarse estatuas en vida fue Guzmán Blanco. El mismo General Gómez cuéntese que protestó cuando alguien propuso erigirle una a Don Cornelio, como alguien llamaba a su padre. López Contreras no solo se opuso a estatuas, sino aún a que le pusieran su nombre a un hospital.

Guzmán Blanco, en cambio, se pirraba por una estatua o por una representación cualquiera de sí mismo. Es fama que en Santa Teresa se encuentra con arreos de Evangelista y que se hizo reproducir otras veces. En Caracas se hizo erigir dos estatuas: una frente  a la Universidad, a la cual la gente distinguía comúnmente con el poco noble cognomento de “manganzón”. Y otra en el Calvario a la cual pusieron “Saludante” en atención al gesto y por consecuencia con la división de las estatuas, en estricta definición de diccionario, entre “ecuestre, orante, sedente, yacente”. Estas estatuas de Guzmán, fueron víctimas de la ira popular en 1878, arrastradas entre gritos, imprecaciones, escupitajos e insultos. Fueron respuestas años más tarde, cuando el “Ilustre Americano” reconquistó el poder. Y luego vueltas a derribar en 1889 como lección de los futuros déspotas que son otras las obras que dan derecho a permanecer en bronce o mármol en una plaza caraqueña.

No fueron estas las únicas estatuas que la megalomanía de Guzmán hizo erigir. También en Valencia – nos cuenta Enrique Bernardo Núñez- tenía Guzmán estatua. Por cierto que estaba en la placita de San Francisco, donde operaba como médico de almas un curita llamado Lorenzo que no le tenía muy buena voluntad. Y que muchas veces  había dicho- y repetido- que con esa estatua fundiría  él las campanas de San Francisco, de muy buen bronce. Y desde entonces a Guzmán no se le vió en el Pasaje Valenciano: suena en los repiques y dobla con los muertos. 
El Gral. “Turugo” tuvo unas ganas locas de hacerse algunas estatuas. Pocos días después de la  caída del “hamponato” un cable anunció que en un puerto italiano se encontraban bustos del dictador en número de 60 y  que no se sabía qué hacer con ellos. Nadie los reclamó. Tal vez Laureanito, o Cedillo, fueron los autores de esta producción masiva que ahora “yace” en alguna aduana europea sin destinatario ni remitente.

Miranda se yergue ante los depósitos del Aseo Urbano. Sus restos son
esperando en El Panteón, su nombre está grabado en el Arco del Triunfo pero en su Patria,
a demás de precursor, es un abandonado.

Las estatuas, como los seres vivos, a veces tienen destinos injustos. Pero otras constituyen lección permanente, alerta firme.     

Por Ana Luisa Llovera
Fotos: Noguerita

viernes, 8 de julio de 2016

Vito Modesto Franklin, Duque de Roca Negras

Recordando al Duque en el 449 aniversario de Caracas 
Por Aquiles Nazoa

Ya va para veinte años que Aquiles Nazoa, entonces en sus comienzos literarios, hizo la siguiente evocación de Víctor Modesto Franklin, el famoso personaje que ha pasado a la historia de Santiago de León con el remoquete o titulo de duque de Roca Negras. Nazoa aprisionó en esta biografía el ambiente de aquella época, el proceso de creación de esta figura, de la cual se deriva el modismo de tan diversas aplicaciones como el de "Vitoco", "Vitoquismo".


Caracas fue suya por 10 años

La vida pintoresca de Vito Modest Franklin, Duque de Roca Negras y Príncipe de Austrasia, cautivo de la fantástica princesa Piperacine Midy. Caletero en la Guaira. Jugador afortunado. Seminarista. Tramitador de hipotecas. Trotamundos. Arbitro de la elegancia. Obcecado por sueños de grandeza. Amó fervorosamente a Carmen Flores y por ella estuvo a punto de batirse con Enrique de Borbón.

Cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar por el Avila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles. Luego tendrá nuestro escritor que dedicarle un capítulo a Cenizo, el perro bohemio, amigo de los poetas del 20 y trasnochado huésped de la Plaza Bolívar, a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto un día de diciembre. Un capítulo vendrá después en esa frívola historia; un romántico capítulo de cuya extravagante verdad dudarán muchos porque con sus esplendorosas noches de teatro, sus carnavalescas lluvias de bombones, sus amores, sus blasonas inverosímiles y sus sueños de grandeza, caídos todos de una vez como torres de arena, parecerá más bien arrancado a alguna novela del romanticismo decadente del novecientos. Y este capítulo será el que trate de la aventurera vida de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca negras y Príncipe de Asustrasia.

¡De dónde había salido aquel aristocrático personaje de orgullosos ademanes y prestigiosa elegancia? ah, si ustedes lo hubieran visto pasearse con paso seguro por las calles de Caracas y saludar discretamente  con su diestra enguantada de gris a los pocos transeúntes que le merecían ese honor y pararse por las tardes junto a los barandales de la Plaza Bolívar, con la mirada perdida entre los árboles: aquella mirada suya que aparecía más grave y displicente cuando se calaba los lentes para seguir el paso de alguna mujer. Era de alta estatura y lucía más arrogante y esbelto entre la refinada  elegancia de sus trajes, Porque el Duque vestía de exquisita y extraña manera, gusto daba verle en las mañanas primorosamente modelado en un traje de paño verde, y sobre el pecho que se erguía como proa, la ondulante corbata de seda verde lino armonizado sus pálidos reflejos con las luces cambiantes del enorme diamante que la sujetaba. O por las tardes, vestido de claros grises, en el anular una esmeralda coronada de plata y un clavel muriendo en el ojal. Pero era por las noches, ataviado de pontificial morado o azules de madia noche, cuando aparecía como nimbado de leyenda, solo en un palco del viejo Olimpia, adornado expresamente para él con crisantemos de invernaderos, orquídeas de montaña o aristocráticas rosas encendidas. Cuando morían las primeras luces para comenzar la función, la mano del duque apoyada tranquilamente en el balconcillo, dejaba asomar las tres bellotas de oro de la finísima esclava que le ceñía la muñeca derecha.
-Esta esclava, amigos míos  -afirmaba el duque-, no es tal esclava. Esta es la faja merovingia que usaba el rey Clodoveo; y las tres bellotas que son los tres infantes de Borbón que aquí los llevo- y agitaba orgullosamente la mano.
Opacos y sudorosos fueron los días de juventud de Vito Modesto Franklin. Caletero de los sórdidos muelles de La Guaira, primero: diestro jugador después y preso más tarde. Su vida de aventura comienza a los 19 años, cuando Rodulfo, amigo de su infancia, lo lleva a El Gato Negro, famosa posada y garito que ostentaba su prestigio de posada en este curioso anuncio:
¡Es "El Gato", en verdad un Paraíso!
¡Allí el talento del mondongo brilla:
La gracia virginal de la morcilla (sic)
La sublime elocuencia del chorizo!
                                                               (La Estudiantina,19-3-87)

y que ostentaba también, pero sin anunciarlo, su prestigio de garito en que se hacían las mayores paradas de La Guaira. Allí se adiestró Franklin en el arte de "Colear paradas", "peinar" y "preparar" dados, y no huno nadie más fino que él, ni más afortunado en el riesgoso oficio del juego. Creció su fama de jugador y pareja con ella creció su fortuna. Y de sus turbios manejos surgió una noche el trágico accidente que habría de ampliar más tarde los horizontes de su vida de jugador: esa tragedia en la que resultó accidentalmente muerto por él, de un tiro de revólver, su amigo Rodulfo, lo llevó a la cárcel por tres años. Salido de presión, se dio a viajar por todos los centros de juegos de Centro y Sur América, regresando años más tarde, después de haber desbancado en Panamá, La Habana y Buenos Aíres. Pero Franklin se sentía solo; y agotado tal vez de su agitado vivir, acogiese a la tranquilidad sombra de un seminario. Y entre ayunos y oraciones transcurrió lo mejor de su juventud. A punto de tonsurarse ya, se descubrió que había un muerto en el lejano pasado; y aquel hombre caído en el garito del "Cardonal" se interpuso entre el seminarista Franklin y su primera misa. Truncada así esta ilusión de su vida, se internó en los campos mirandinos de Barlovento y Rio Chico, donde su función de mediador y tramitador de hipotecas, compras y ventas de inmuebles, aumentó su fortuna. Volvió entonces a su Guaira natal y de allí después de un romance sin  éxito con la viuda de Cipriano Rodríguez, embarcó para España.

Franklin ha llegado a la alegre Madrid de 1916 y es el paseo El Retiro al pasar aparatoso del real carruaje de Alfonso XIII donde comienza a definirse su verdadera vocación. Ya no piensa en desbancar grandes mesas ni en decir sermones. Su mente se ha afiebrado por un dorado sueño de grandeza y ya este sueño no le abandonará jamás. Se dejó crecer grandes patillas: dignificó sus ademanes y sus gestos desde entonces fueron cortesanos y galantes: sus mejillas lucieron más frescas bajo el rosa leve del carmín y su rostro todo al que se adherían discretamente los polvos de arroz, cobraba una exquisita palidez de rostro infantil. Varios miles de pesetas en exóticos trajes diseñados por él, complementaron su rara hermosura. Porque aquel renovado Vito Modesto Franklin resultaba extrañamente hermoso, y cuando en 1921 regresó a Caracas, pocos días bastaron para que fuese suya la atención de toda la ciudad. No había pasado la admiración del primer encuentro con aquel "arbiter elegantiarun" tropical, una nueva ocurrencia vino a aumentar la apasionada curiosidad pública que su persona suscitaba. Un buen día amaneció nuestro Franklin con el resonante titulo de Duque de Roca Negras. El miércoles de ceniza de 1922, muy por la mañana, irrumpió en la redacción de "El Heraldo" y con altivo gesto y triunfante sonrisa, desplegó ante los ojos incrédulos del redactor de turno, un viejo pergamino sellado en lacres y con gallardo tono de voz, explicó el contenido de aquel  enrevesado documento.

He aquí, amigo mío, que la sangre  azul de las Españas florece entre mis venas. Este pergamino es el documento público por el cual  se da cuenta en mi rancio abolengo, y consta en él que el año de gracia de 1821, Su Majestad el Rey Fernando VII declaró a doña Felipa Montes, heredera de Hernán Tigifredo, Duque de Roca Negras, con derecho a disponer del condado de Pontevedra los ducados de Roca Negras, Cantabria y Alaba. El de Cantabria pertenecía  al Rey Don Pelayo, primo de Hernán Tigifredo; y el año 60, los señores Joaquín Montes y Felipa Montes, reservan tales nobles derechos con favor de Franklin soy legitimo y primo de Don Pelayo; único heredero, por tanto, de los títulos Roca Negras, cuyo blasón ostenta una roca color betún sobre campo de gules y gulas (sic) y atravesado por dos puñales, símbolo del amor y de la fuerza.

Esta noticia del ducado de Vito Modesto corrió de boca por toda la ciudad; y ya nadie más le llamó doctor Franklin, ni pare Franklin, ni señor Franklin siquiera. Parecía que todos estaban esperando aquel título, para llamarle duque, porque duque, en cierto sentido, era su verdadero título. 

En abril del mismo año debuta en el Teatro Calcaño La Lusitana, famosa coupletista, por cuyo amor imposible estuvo el duque en trance de suicidio. Cada noche, desde su palco solitario, llovían rosas a los pies de la coupletista. Ella, en pago de las galantes ofrendas de flores y de amor popularizó, cantándolo para él en sireé de gala, el couplet "El Duque de Roca Negras", letra de Leo. Con La Lusitana se me fue también una ilusión del duque, ilusión que renació luego, en junio, pero encarada en otra coupletista: Carmen Flores. Y si la Lusitana los trasformó de tan manera, por Carmen Flores estuvo a punto de enloquecer. Carmen debutó en el Olimpia, que era propiedad del duque. Volvieron las flores y las fastuosas noches volvieron. Y de este amor como del otro, cosechó sólo copuplets y canciones. Y ocho días antes de partir Carmen Flores dio una función en honor al duque. Allí´ estaba él, en su palco adornado, una rosa impoluta en el ojal, la corbata muaré despidiendo ondas de luz.

-¡Que hable, que hable el duque!- pedía a gritos la sala entera.
Y él se irguió emocionado, alzó la derecha en que cantaban las bellotas de su esclava y dijo esta cortas palabras:
-¡Señores! Veo y no miro lo que veo.

Una salva de aplausos atronó la sala. Y por el maquillado rostro del duque, rozó una lágrima de gratitud. Terminada la función, se prolongó la fiesta en el camerino de la actriz. Aquella fue una fiesta frívola y apasionada, y hasta extrañamente pagana: pagana, si, porque Carmen Flores, fingiéndose Diosa  de la nobleza, vertió champán en sus labios sobre el ombligo del duque, porque han de saber ustedes que el duque tenía un ombligo de perla nacarina, según él, y algo salido, característica natural según él también, de los legítimos nobles. A los pocos días la fotografía del ombligo del duque era expuesta como joya de valor en el escaparate de la "Bota de Oro". Carmen Flores se marchaba pero él le daría un imborrable recuerdo de su amor, y así fue como una noche, cuando Enrique de Borbón - aquel aventurero primo de Alfonso XIII que seguía apasionado los pasos de Carmen Flores, el duque impidió indignado aquel brindis.

-¡No!- le dijo rojo de ira- No han de rodar los nombres de las señoras por entre copas de taberna.
Borbón aprovechó para teatralizar y le lanzó un guante al rostro.

-Mis padrinos irán a verle mañana- concluyó el español.
Aunque aceptado por el duque, no se efectuó el duelo, pues al día siguiente ya Borbón iba camino a Colombia, siguiendo siempre a la Carmen.

Otro amor que se fue y el duque estaba desolado. No podía resistir la ausencia de su Carmen Flores, y hubiera muerto de melancolía si a mediados de abril de 1923 no recibe aquella carta, aquella famosa carta, en que, desde la lejanía.

La carta contenía un retrato con autógrafo:
"Querido Duque: Tiempo mucho lo que es amor secreto. Estáis ceñido a mi amantísimo corazón (..) y el corsé a mi cintura. Permítidme contar desde hoy con la promesa de vuestra mano. La mía, vuestra fue desde siempre .Beso vuestros pies: Piperacine Midy- Princesa cautiva  de Austrasia-"

Ah, ¡que fiesta dio el duque a sus amigos para celebrar aquel suceso de amor!
Las flores y el champán corrieron como ríos dorados por las mesas de "La Glaciere". Pero la alegría que le trajera aquel misivo fue pronto nublada. Alguien había herido al duque en lo que más caro para él: su elegancia: alguien quería aparecer más guapo y mejor vestido que él. Y ese alguien era Rodolfo Valentino. Y el duque pisoteó el nombre de aquel Narciso falsificado, que carecía de sangre azul, que no tenía como él 1,80 m de estatura, si como él tenía sus curvas apolíneas de ánfora etrusca. -Esos palurdos-declaró el duque para "El Heraldo"- alzan vulgar vocifera a favor de ese macaco que se moriría de envidia ante la delicadeza oliente de uno de mis calcetines!

Para corroborar lo dicho, se hizo una foto nudista y mandó exhibirla en diversos lugares. No se convenció la gente, empero, y el comentario del día era "El hijo de Sheik" por Valentino. Entonces salió  nuestro otoñal Petronio en busca de su princesa. Y en 1925 se paseaba tranquilamente por las calles de Londres, donde, según el "Daily TELEGRAL", LOS TRANSEÚNTES SE DETENÍAN PARA VERLE PASAR, asombrados de su extraordinario parecido con Oscar Wilde. Por el brillante que lucía, en una sortija por la noche y en el imperdible por el día, un joyero francés estando en París en 1926, le ofreció 18.000 francos, que él rechazó. El duque regresó a Caracas tras larga ausencia. Tenía ya cerca de sesenta años, pero representaba cuarenta a lo más. Mucha de aquella popularidad del 22 estaba perdida. El sonaban sí: pero con mayor fuerza sonaba el radio, que recién había llegado al País; y su curiosa figura ya había dejado de ser rareza, para convertirse en otro aspecto del Paisaje caraqueño, como la torre o como la Ceiba de San Francisco. Así lo comprendió él y buscó nuevos caminos, sin abandonar su indumentaria, sus cosméticos, sus lentes ni su ducado, se inició en el mundo de la mecánica y junto con un protegido suyo inventó en 1929 un "avisador de incendios". Listos ya los planos, quiso, para desgracia suya, llevar todo aquello a la práctica. El 6 de diciembre de 1930, una ambulancia conducía al Duque de Roca Negras al hospital Vargas. Minutos antes, la explosión de un bidón que mandó llenar de aire le había quebrado una pierna. La hermosa peluca, comparada en la mejor peluquería de París, fue hallada debajo del Puente Junín. La elegancia había sucumbido. Vito Modesto Franklin, que del accidente salió cojo, ya no era sino un vulgar transeúnte, de sombrero y pantalones largos, como otro cualquiera. A la sombra de su vieja casa de Glorieta, soñando ante aquel montón de papeles y retratos que resumía su vida aventurera,  en el olvido de la ciudad que fue suya por diez años, murió  su excelencia el 17 de julio de 1938. Un estanque de agua clara nos indica el camino de su tumba solitaria.

("Últimas Noticias", 8 de febrero de 1943)
 
 
Vito Modesto Franklin, árbitro de elegancia. 
Foto Publicada en FANTOCHES, el 30 de mayo de 1923
(Reproducción de Agustín Aponte) 

Fuente:
Transcrito por Caracas en retrospectiva
de Crónicas de Caracas 1960

miércoles, 6 de julio de 2016

Alirio Díaz

Alirio Díaz   
Alirio Díaz Leal

Octavo hijo de padres campesinos, nació el 12 de noviembre de 1923 en La Candelaria, caserío caroreño del Estado Lara. De niño demostró aptitudes musicales y una natural curiosidad por la cultura. Allí vivió hasta los dieciséis años, cuando empujado por los deseos de vivir y estudiar en Carora, abandona bruscamente el hogar paterno para continuar estudios de 4º, 5º y 6º grados en la célebre Escuela Federal Graduada "Egidio Montesinos". Es cuando conoce al carismático luchador social y vehemente intelectual y periodista Cecilio Zubillaga Perera, quien será el primero en descubrir la vocación fundamental de Alirio Díaz y quien hasta sus últimos años logró verlo como un artista realizado.

Luego de esos tres años de vida material insoportable el joven Díaz se dirige a la ciudad de Trujillo, en donde va a dar comienzo definitivo a los estudios académicos de la música, propiamente lecciones de Teoría, saxofón y clarinete, bajo la dirección del renombrado maestro, compositor y director de Banda Laudelino Mejías. Para éste y otras personalidades trujillanas, lleva cartas de recomendación de parte de Don Cecilio, cartas en las que el sabio caroreño decreta el porvenir artístico de Alirio. En ese entonces, para ganarse el pan el joven tiene que aprender nuevas profesiones: tipografía, mecanografía, inglés, corrector de pruebas periodísticas, guitarrista popular acompañante en Radio Trujillo y saxofonista en la Banda del Estado.

Siempre obedeciendo a los mandatos espirituales de Don Cecilio, con su guitarra, sus libros y sus profesiones, viaja a Caracas en septiembre de 1945, donde descubrirá las bases definitivas de su porvenir de músico.

Al ingresar a la Escuela Superior de Música "José Angel Lamas" tendrá como ductores a los maestros Pedro A. Ramos en Teoría y Solfeo, Juan Bautista Plaza de Historia y Estética de la Música, Raúl Borges de Guitarra, Vicente Emilio Sojo y Primo Moschini en Armonía. Como ejecutante de clarinete es acogido en las filas de la Banda Marcial que dirigía el maestro Pedro Elías Gutiérrez y el maestro Sojo lo incorpora en la fila de los tenores del mejor coro que ha tenido Venezuela, el memorable Orfeón Lamas . Pero su modus vivendi quedó resuelto cuando los músicos populares de la esquina de la Torre y de la magnífica orquesta de César Viera en la Radio Tropical lo llaman para trabajos profesionales, a lo cual se añadió un pequeño subsidio que, gracias al maestro Sojo, le fue otorgado por el Ministerio de Educación Nacional.

1950 es el año de gracia para Alirio Díaz; es cuando se da a conocer mediante repetidos y brillantes recitales tanto radiales como privados y públicos. Memorables sus primeras presentaciones en la sede de la "Lamas", en la Biblioteca Nacional de Caracas -el 12 de febrero de 1950- y poco después en los Ateneos de Valencia, Barquisimeto y Trujillo de los que obtuvo magníficas críticas de parte de Eduardo Lira Espejo, Eduardo Feo Calcaño y Sergio Baudo. Ya desde entonces interpretaba en la guitarra lo mejor de su repertorio, incluyendo las obras de los más notables maestros venezolanos como Borges, Sojo y Lauro. Mención especial merece igualmente su participación en el gran concierto que se celebró en mayo de 1950 en la Escuela Superior de Música dedicado a Juan Sebastián Bach. Se trataba de la conmemoración del bicentenario de la muerte del grande músico alemán en la que Alirio Díaz se distinguió con una memorable interpretación de la célebre Chacona de Bach.

En julio de ese año concluyen los estudios del joven músico venezolano, y es entonces cuando proyecta viajar a Europa para un consiguiente post-grado artístico. Serán dos personalidades a ocuparse del asunto, el pintor venezolano Clemente Pimentel y el crítico musical chileno Eduardo Lira Espejo, y poco después un nutrido grupo de figuras representativas de la cultura venezolana el Ministerio de Educación Nacional respondió aprobando la concesión de un subsidio para Alirio. Para noviembre ya se encuentra en Madrid, en donde ya en el Conservatorio de Música y Declamación es acogido por el célebre compositor y guitarrista Regino Sainz de la Maza. Mientras realiza sus estudios ocupa un precioso espacio de tiempo para efectuar recitales -siempre con éxito extraordinario- en los más importantes centros de cultura española: Ateneo de Madrid, Teatro Español, Palacio de la Música de Barcelona, la Alhambra de Granada, Teatro Principal de Valencia. Estrecha relaciones amistosas con intelectuales y músicos (Gerardo Piego, Joaquín Rodrigo, Moreno Torroba, García Nieto, Narciso Yépez, Emilio Pujol, Daniel Fortea, Eugenia Serrano, Federico Monpou, Xavier Montsalvage, Joaquín Achucarro.

A mediados de 1951 emprende viaje a Italia siempre con la inquietud del perfeccionamiento. Italia viene a ser el espacio ideal para la total proyección de su personalidad. Al enterarse de que la más eminente figura de la guitarra y una de las más ilustres de la música a lo largo del siglo XX era y seguía siéndolo Andrés Segovia, había emprendido una nueva actividad artística en Siena, como eran sus cursos de alto perfeccionamiento en las aulas de la célebre Academia  Musical Chigiana de aquella ciudad, el joven virtuoso venezolano decide participar en tales cursos. No titubeó el gran maestro desde apenas lo conoce y lo oye en aclamarlo como el mejor de los estudiantes que habían desfilado por la Academia, lo cual equivalía a considerarlo como la mejor promesa de la guitarra en el mundo. En efecto un par de años más tarde Alirio llega a ser no sólo el discípulo del maestro sino su asistente y sustituto en la propia Academia Chigiana.

Bajos tales auspicios artísticos se expanden sus actuaciones por toda la República Italiana, a la cual contribuyen de modo determinante sus amigos, mecenas y colegas del arte musical. Y no están ausentes sus más admirados autores venezolanos: Borges, Sojo y Plaza. Casualmente fue este último quien por primera vez lo presentó formalmente al gran público de Roma en un brillante recital  auspiciado por el embajador venezolano Alberto Arvelo Torrealba. Descubriendo en Italia una segunda patria desde allá viaja por todo el continente europeo siempre por motivos inherentes a la profesión artística. Son ininterrumpidas sus peregrinaciones por los cinco continentes por donde aparece actuando, como solista y con grupos sinfónicos bajo la dirección de renombrados directores como Celibidache, Stokowsky, Estévez, Kostelanez, Frubek, Iturbi, entre otros.

Durante estas actividades Alirio fue tomando conciencia del alto valor de las manifestaciones musicales populares, y siguiendo las huellas de Vicente Emilio Sojo, en sus viajes a Venezuela dedicaba gran parte de su tiempo a la recopilación de cantos de origen popular, muchos de los cuales, luego de cuidadosas armonizaciones guitarrísticas eran -y siguen siéndolo- interpretadas ante públicos de todo el mundo. De las mismas quedan ediciones y grabaciones discográficas, fruto de estas experiencias. Dignos de resaltarse son las investigaciones realizadas desde un punto de vida crítico, analítico y musicológico sobre el mismo argumento popular, gran parte de los cuales publicó en su libro Música en la vida y lucha del pueblo venezolano yen diversos periódicos y revistas venezolanas. Buena parte de estos trabajos están también reflejados en su obra autobiográfica Al divisar el humo de la aldea nativa.
 
Fuente: http://www.aliriodiaz.org/biografia.htm

Alirio Díaz, el músico que declaró su amor a la guitarra
El Nacional
6-7-16

A los 92 años de edad falleció ayer en la tarde en la ciudad de Roma el guitarrista Alirio Díaz, uno de los más importantes ejecutantes del instrumento. Desde hace varios años el músico estaba residenciado en la capital italiana.

“Mi segunda patria es Italia”, dijo en 2009 en una entrevista publicada por el portal Letralia. Según el diario El Caroreño, la noticia fue dada por Isabel Díaz, hija del guitarrista. “Informo penosamente que mi padre acaba de unirse al mundo celestial”, escribió en un mensaje a sus familiares en el estado Lara.

El ministro de Cultura Freddy Ñáñez aseguró a través de su cuenta en Twitter que el artista será enterrado en Venezuela. “La última voluntad del maestro será cumplida: será enterrado en Carora su tierra natal. Alirio Díaz nos deja. Sentido pésame guitarra”, aseguró en la red social. No se descarta tampoco que les exequias se realicen en el país.

Nacido el 12 de noviembre de 1923 en La Candelaria, caserío del estado Lara, desde joven se vinculó con la música; por eso, a los 16 años de edad dejó atrás el hogar para buscar la cultura musical de Carora, mientras sus hermanos se fueron a Maracaibo con la esperanza de adentrarse en las promesas de riqueza que ofrecía el petróleo.

En Trujillo estudió clarinete y saxofón con Laudelino Mejías.  En 1945 viajó a Caracas, donde es alumno de la  Escuela Superior de Música José Ángel Lamas, institución en la que tiene a profesores como Juan Bautista Plaza y Vicente Emilio Sojo. En sus inicios en el clarinete logró destacar, incluso fue miembro de la Banda Marcial que dirigía Pedro Elías Gutiérrez. Sin embargo, fue la guitarra con la que cobró notoriedad, no solo en Venezuela, sino en el extranjero. Se presentó como solista y en grupos sinfónicos con directores como Leopold Stokowski y Andre Kostelanetz. En Italia formó parte de los cursos de perfeccionamiento que impartía Andrés Segovia en la Academia  Musical Chigiana de la provincia de Siena.

También publicó libros como Música en la vida y lucha del pueblo venezolano y Al divisar el humo de la aldea nativa: memorias de infancia y adolescencia. Entre las interpretaciones más conocidas de Díaz están “El diablo suelto” de Heraclio Fernández y el “Seis por derecho” de Antonio Lauro, otro de los discípulos de Vicente Emilio Sojo, al igual que Inocente Carreño, que murió la semana pasada.  En 1963 en entrevista a El Nacional dijo: “Amo intensamente a la guitarra, por algo tiene forma de mujer”.

Para Aquiles Báez, Díaz deja un legado importante para todos los guitarristas clásicos. “Hay un disco que se convirtió en mi biblia a los 12 años de edad. Es Recital criollo que dio un viraje a la música entonces. Es el gran heredero de Andrés Segovia, de quien fue su alumno predilecto. En su momento, su forma de tocar cambió muchas cosas; además, siempre se esforzó por incluir en su repertorio temas venezolanos de compositores como Inocente Carreño, Antonio Lauro, Moisés Moleiro y Manuel Enrique Pérez Díaz. Muchas de sus obras se conocen afuera gracias a él. Estas noticias lo golpean a uno. Se empiezan a ir los referentes”.


miércoles, 29 de junio de 2016

El verdadero origen del nombre del Cerro de Avila

En visperas a un nuevo aniversario de la Fundación de nuestra amada Santiago de León de Caracas, comparto con ustedes la reseña que leí en las Crónicas de Caracas, publicadas bajo el N°88 1997-1998

"Ese año de 1774, fue desde el punto de vista documental, de mayor importancia en lo que se refiere a la nomenclatura de la caraqueña. En efecto, fue aquel el primero en que se menciona el nombre "de Avila", en toda la documentación municipal que guarda nuestro Archivo, contando desde las actas iniciales de 1573. Vale decir, que el topónimo no se usó en los papeles municipales en los doscientos años transcurridos desde 1573 hasta 1774, lo que se puede tomar como prueba fehaciente de que esa nomenclatura simplemente no existía.

Cuando se aludía a la montaña inmediata, se decía: "el cerro de esta ciudad", "los montes de esta ciudad", "las cabeceras del río Catuche", "las cabeceras del río Anauco", "la quebrada de Sanchorquiz", "este lado del cerro", "el otro lado del cerro", "la quebrada de Cotiza", "la quebrada de Anauquito", "La quebrada de Gamboa" que por un tiempo se conoció como "del Carrizal", "la cumbre del cerro"; y eran numerosos los topónimos del lado que da al mar: pero el nombre de Avila no aparece nunca durante esos dos siglos.

Alguien podría aducir que la ausencia del nombre se deba a una simple omisión. ¡Es qué acaso resulta posible omitir el nombre propio de un accidente geográfico tan próximo a la ciudad, durante doscientos años, cando había necesidad de referirse a aquel, continuamente, por razones tan importantes como la conservación de las montañas y sus fuentes de agua? No creo que esta postura resista un examen detenido; ni es posible que se pueda sostener tal hipótesis sobre planteamientos negativos, a la vista de una explicación sumamente clara.

Debido a la importancia que le hemos atribuido, me permito transcribir nuevamente el trozo del Acta del veinte de mayo de 1774, en el que aparece la referida mención primera de "cerro de Avila".

"En este Cabildo, en vista del auto expedido por el Sr. don Fermando Quadrado, teniente de gobernador y auditor de Guerra en esta provincia, por ausencia del Sr. gobernador y capitán general de ella, que hizo saber este día don Francisco Antonio Paúl, escribano público en esta sala, sobre que este Y.C. constituya uno de los S.S. de él, para practicar la nueva diligencia de reconocimiento de corte de leña y labores en las tierras de uno y otro lado del cerro Abila, los S.S. de él, acordaron nombrar como nombraron para real diputado para dicho efecto, al Sr. don Félix Pacheco, quien estando presente lo aceptó; y mandaron que el presente escribano compulse testimonio de esta acta, y acumulado dicho auto precedido recaudo político, lo ponga en manos de su señoría".

El propietario del llamado "cerro de Abila" en 1774, era don Juan Álvarez de Avila quien, en algunos documentos en la época figura como Juan de Avia, escuetamente. No pueden caber dudas de que el usufructo de las tierras y su montaña por Juan Álvarez de Avila y por sus descendientes, fue el que estableció  relación entre el cerro y el apellido, y dio lugar al topónimo con que conocemos a nuestra serraría.

Al morir Juan Álvarez de Avila o Juan de Avila, pa posesión  pasó a sus herederos mediante partición hecha por don Bartolomé de Castillo el 16 de febrero de 1796, aprobadas por el gobernador don Pedro Carbonell mediante auto que registró el escribano Domingo Antonio Mota, el 14 de marzo del mismo año.
Juan Álvarez de Avila contrajo segundas nupcias con Juana Francisca de León, natural de Chacao, hija del muy célebre teniente de justicia de Panaquire Juan Francisco de León, caudillo de la insurrección contra la Compañía Guipuzcoana que hizo huir el gobernador Castellanos en 1744, dejando a Caracas bajo el dominio del insurgente. De ese matrimonio nacieron Felipe Antonio de Avila, Juan Manuel de Avila, Vicente de Avila, religiosos: José Gregorio de Avila, Miguel Francisco de Avila, Fernando de Avila, Domingo Antonio de Avila, María Mónica de Avila  y María Teresa de Avila quienes quedaron dueños de todos los bienes de su padre, pues a pesar de que Juan Álvarez de Avila, yerno de Juan Francisco de León, estuvo comprometido en la insurrección que capitaneó su suegro y pasó a España con la delegación de presentar quejas que tenían los criollos contra los vascos, no fue despojado de su patrimonio. 

En la partición no figuran los límites de la finca de Avila, pero conocemos los linderos por un escrito del anotador de hipotecas redactado en el momento en que Domingo Antonio de Avila vende a su hermano Fernando Antonio de Avila y a Juan Manuel Matamoros, la parte que le correspondió en la participación. Según la certificación del anotador, le adjudicaron a Domingo de Avila".. El portero y serranía del Cerro de Avila que quedó por bienes de don Juan Álvarez  de Avila, sus padres.... "el portero incluía”... Sus tierras, montes, montañas, poteros y aguadas... “y eran sus límites.... por el este con la quebrada de Chacaíto: por el poniente, con las Barracas, norte con el alto o loma del cerro donde se avisaba el mar, y sur, la estancia que es adyacente y se adjudicó a los demás de sus hermanos”..  



Crónica de Caracas 1997-1998

sábado, 4 de junio de 2016

"El Más Grande" Muhammad Ali, visitó en 1971 y en 1974 la capital venezolana

La primera vez, al regresar a casa, perdió el invicto ante Frazier. En la segunda, fue a Kinshasa para noquear a Foreman


Caracas, febrero de 1971. 

Ese año un astuto y arriesgado "matchmaker" cubano, Félix "Tuto" Zabala y quien fungía de representante del barloventeño Vicente Paúl Rondón, montó en el Nuevo Circo una pelea por el fajín de los semicompletos, vacante ante el desconocimiento como campeón de Bob Foster. En el encuentro estelar Rondón debía enfrentar al estadounidense Jimmy Dupree. 

A alguien entre el grupo organizador se le ocurrió la idea de invitar a una personalidad mundial del boxeo y ¿ quién mejor que Ali, quien había vuelto a la acción a fines del 70 con victorias ante Jerry Quarry y el argentino Ringo Bonavena, luego de un mutis obligado de casi tres años por su negativa de dar un paso al frente cuando se le llamó a incorporarse al ejército, negativa que le acarreó la perdida de la corona que ceñía? 

Contra todos los pronósticos ("Muhammad no va a venir, no vendrá ni de vaina", se especulaba), un día cualquiera de febrero, el 20, el 21, el 22, no lo recuerdo bien, Ali puso pie en Maiquetía. 

En el salón VIP del aeropuerto el peleador de la gran boca que nunca se cerraba, el que no se cansaba de pregonar que era el más bello y el más grande, no parecía muy animado a abrir los labios. Al fin, ante el acoso y la insistencia de una veintena de reporteros, accedió a responder una que otra pregunta, como diciéndoles "para que dejen de fastidiarme". 

Recuerdo que titulé el trabajo "Mi religión es la paz", una de las frases que soltó y saltó cuando se le planteó lo de su rechazó a ir a Vietnam. Habló otro poco de su adhesión al islamismo y escasamente hizo mención al boxeo. Nada más. 

Lo programado era que realizara una exhibición para deleite de los aficionados. Sin embargo, la presentación no se dio, aún ignoro el porqué. Pero el Ali de 31 años por esos días sí estuvo en primera fila la noche del 27 de febrero y presenció como Rondón se convertía en la primer campeón mundial venezolano al aplastar a Dupree en el sexto tramo. 

Al final del espectáculo, Ali ni siquiera se molestó en hacer comentarios sobre la pelea. Simplemente tomó el vehículo que le habían asignado, se fue al hotel y al día siguiente volvió a New York, sin hacer bulla. 

A los dos o tres días de su partida circularon en el medio boxístico cuentos de todo tipo, algunos fantasiosos. Entre otras historias jamás confirmadas, se dijo que una trotaconventos muy popular por Sabana Grande contrató a una joven prostituta, tan popular como ella, "para que acompañes al campeón toda la noche y le hagas más grata su permanencia en Venezuela". 

Como dije, nunca se pudo saber a ciencia cierta si esto fue ficción o verdad. 

Diez días más tarde de su partida a casa, exactamente el 8 de marzo de 1971, en el Madison Square Garden neoyorquino el orgullo Ali sufrió un duro revés.:Joe Frazier, el incansable, duro y recio "Smokin" Joe, acabó con su invicto, a los puntos, con la humillación adicional de tirarlo a la lona por la cuenta de ocho, en el round 15. 


Caracas, marzo de 1974.

Tres años transcurrieron para que Ali volviera a la capital venezolana, lo que hizo en compañía del famoso promotor de los pelos engrinchados, Don King, y de una numerosísima delegación en la que se contaban, silenciosos y serios, ministros y otros correligionarios de los Black Muslims (Musulmanes Negros), algunos boxeadores activos, otros retirados. 

Como en la primera oportunidad, también ahora sus contactos con la prensa fueron superficiales, más por cortesía que por otra cosa. Era, y bien que lo sabía, sin ser el campeón, el amo del boxeo, el dios inaccesible, quien había partido en antes, en y después de él, a la historia del pugilismo: 

Venía a ver qué podía pasar en el combate entre George Foreman, campeón de la división y de quien era segundo retador, y el exmarine Ken Norton. El Poliedro era el escenario elegido por una promotora estadounidense, de común acuerdo con el maestro Aldemaro Romero, fanático del boxeo desde su mocedad, y quien desempeñaba el cargo de director del local ubicado frente aLa Rinconada. 

Foreman -entre cuyos ayudantes estaba el legendario Archie Moore, el más grande campeón de todos los pesos semicompletos que en el mundo han sido-, masacró a Norton en apenas dos episodios. 

En una silla de ring side Ali siguió las acciones en actitud imperturbable, displicente, casi con indiferencia. Luego diría entre algunos de sus amigos, de lo que pude enterarme por simple casualidad, que él tenía parte de culpa en la derrota del aspirante por no haber llegado una hora o 30 minutos antes al Poliedro. "De haberlo hecho- según habría asegurado-, Foreman no hubiera ganado tan fácil. Le habría dado a Norton la fórmula pata derrotarlo, la manera en que hay que pelearlo". 

Me pareció una jactancia muy propia de Ali, habituado a ellas. Sólo siete meses después pude comprender el sentido de sus palabras. 

En Kinshasa, Zaire (hoy República Democrática del Congo), Foreman-considerado imbatible e invulnerable, una roca boxística-, ante una ululante multitud que aclamaba al retador a los gritos de "¡Ali, mátalo!¡Ali,mátalo!", y frente a los asombrados ojos del dictador Mobutu Sesse Seko, se derrumbó como un castillo de arena en el octavo. 

La estrategia de Ali fue la de obligar a Foreman a lanzar, lanzar y lanzar golpes, de los que se protegía con los antebrazos y con sus guantes, mientras en la esquina un desesperado Angelo Dundee le gritaba que se alejara, que huyera, que buscara la larga distancia, que tan cerca corría peligro de muerte súbita. 

Pero Ali sabía bien lo que hacía y probó que tanto Dundee como Bundini Brown- su sécond de confianza, quien lo hacía reír con sus bromas y sus chistes-, todos cuantos le rodeaban, en suma, estaban equivocados. Foreman llegó al round ocho con los brazos dormidos, con la energía minada, con "la lengua de corbata", con un sudor a chorros y desfalleciente en la calurosa noche africana de ese 26 de octubre. Como dice un locutor de béisbol: lo demás fue fácil. El musulmán desató en ese tramo Una andanada final de dos, tres, cinco, ocho puñetazos consecutivos y Foreman se deslizó mansamente, herido de muerte... 
Ali, el más grande, el más bello, el que "volaba como una mariposa y picaba como una abeja", había logrado lo increíble y estaba, otra y una vez más, en el trono mayor del boxeo. 
Imágenes tomadas de la red , en el Poliedro de Caracas 1974


En el Poliedro de Caracas, 1974

Las otras dos.

Contaré de prisa, las dos últimas veces en que vi de cerca al septuagenario de hoy: Una de ellas fue en México, por los años 80, Ya se había retirado. Asistí a una convención del Consejo Mundial. de Boxeo, que rendiría un homenaje al exmonarca, exaltado hace tiempo al Salón de la Fama. 

En un receso tomé el ascensor y antes de que la puerta se cerrara Ali entró, flanqueado por dos amigos. Intercambiamos saludos, de prisa y se quedó en su piso antes de poder pedirle una entrevista para más tarde. 

La última hará unos quince-dieciocho años en Las Vegas, como dije al comienzo. Sentí una profunda lástima al verlo allí, mustio, a mil kilómetros del Ali joven y del Ali en plena madurez. Cuando regresé a Caracas escribí una nota, en su honor, que titulé "Una lágrima por Ali". 

Finalmente digo: Ojalá Ali la pase bien, lo esté pasando bien, en estos sus 70 años. 

JESÚS COVA
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
Fuente:  El Universal  17 de enero de 2012

Muere la Leyenda del Boxeo 
El País, Es
04/06/2016
Muhammad Ali, uno de los mayores deportistas del siglo XX, un hombre que se inventó varias veces a sí mismo y reflejó los traumas y conflictos de los Estados Unidos de su época, murió este viernes en un hospital en Phoenix (Arizona) a los 74 años por complicaciones respiratorias, tras ser ingresado esta semana. El boxeador llevaba 32 años batallando contra la enfermedad de Parkinson, un desorden del sistema nervioso que afecta al movimiento.

Con Ali desaparece más que uno de los tres o cuatro miembros del panteón de los deportes norteamericano, tres veces campeón mundial de los pesos pesados y campeón olímpico a los 18 años: desaparece un icono de este país, una de estas figuras que sirve para explicar qué significa ser estadounidense, un hombre controvertido cuya trayectoria, desde los desgarros sociales de los años sesenta a la llegada de un afroamericano a la Casa Blanca en 2009, define la historia reciente de EE UU.


La mala salud de Muhammad Ali alimenta la lucha por su fortuna
Pese a el declive de su salud, hasta el final no dejó de intervenir en el debate público. En diciembre, después de que el candidato republicano a la Casa Blanca Donald Trump anunciara su plan para vetar la entrada a Estados Unidos de musulmanes, Ali dijo: “Nosotros, como musulmanes, debemos enfrentarnos a quienes quieren usar el islam para imponer su agenda personal”.

Ali, nacido con el nombre de Cassius Clay en Louisville (Kentucky) en 1942, fue un negro golpeado por las humillaciones de la segregación que proclamó su identidad con orgullo. Un deportista locuaz que exhibía su ego sin modestia: “¡Soy el mejor! ¡Soy el mejor! Soy el rey del mundo”, dijo cuando ganó el campeonato mundial contra Sonny Liston. Un activista más cercano al estilo desafiante de Malcolm X que al ecumenismo de Martin Luther King en la defensa de los derechos civiles de los negros. Un héroe deportivo que se convirtió a una religión extraña para la mayoría de sus conciudadanos. Influido por las enseñanzas del grupo religioso Nación del Islam, adoptó el nombre de Muhammad Ali y eligió él mismo, descendiente de esclavos anónimos, su propio nombre y religión. "No quiero ser lo que vosotros queréis que sea”, decía.

Su oposición a la guerra del Vietnam no fue sólo retórica: rechazó el reclutamiento obligatorio, fue sentenciado a cinco años de prisión y perdió el derecho a boxear. “El cong [por Vietcong, los vietnamitas que luchaban contra Estados Unidos en la guerra] no me llama nigger’”, dijo. Nigger es la palabra más peyorativa usada para designar a los estadounidenses de origen africano.

Medio Estados Unidos le detestaba; medio mundo le adoraba. “En los próximos meses no hay duda de que los hombres que gobiernan en Washington intentarán dañarte de la manera que puedan, pero estoy seguro de que sabes que has hablado en nombre de tu pueblo y de los oprimidos en todo el mundo, en valiente desafío del poder americano”, le escribió el filósofo Bertrand Russell. El Tribunal Supremo le dio la razón en 1971 como objetor de conciencia, y pudo regresar al cuadrilátero, donde participó y venció en dos combates extravagantes y legendarios: el Rugido de la selva en Zaire (actual Congo), en 1974 contra George Foreman; y, al año siguiente, en Manila (el combate conocido como Thrilla in Manila), contra Joe Frazier.

A principios de los ochenta se retiró y poco después los médicos le diagnosticaron el Parkinson. Inició una etapa dedicada a las causas humanitarias. Con los años, el polarizador se convirtió en una figura de consenso, celebrado por blancos y negros, a derecha e izquierda. George W. Bush le condecoró.

“¿Quién podría haber predicho a finales de los años sesenta, cuando Muhammad Ali era vilipendiado por la prensa deportiva y por la mayoría de la América blanca como un racista negro, un agitador bocazas, que se convertiría en la elección obvia para encender la antorcha en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, como un símbolo del entendimiento, la paz y el amor internacional?”, escribió en 1998 el escritor Budd Schulberg, autor de la novela de boxeo Más dura será la caída, que inspiró la película protagonizada por Humphrey Bogart.

Cuando iniciaba su carrera política, en su oficina electoral de Chicago, Barack Obama tenía una fotografía de Muhammad Ali en un combate con Sonny Liston. No era casualidad. “Muhammad Ali representaba algo más que boxeo. Tenía un sentido político, el sentido de un orgullo afroamericano que se afirma a sí mismo”, dijo hace unos años, en una entrevista con este corresponsal, David Remnick, autor de las que seguramente sean las mejores biografías de Ali y de Obama.

Como Obama, que creció en una familia blanca y asumió su identidad negra de adulto, Ali también buscó y encontró su identidad. “Cassius Clay no quería ser Cassius Clay. No quería ser un luchador obediente y tradicional de la era de la segregación", dijo Remnick. "Quería ser algo distinto. Eligió la Nación del Islam, eligió otro nombre, eligió unas ideas políticas que, para ser justos, él sólo entendía ligeramente”.

Ali, como Obama, fue una figura esencialmente americana: un icono negro en un país todavía enfermo de racismo, un hombre que creó su identidad, un hombre libre.
Muhammad Ali, con sus hijas Laila (izq.) y Hana, en un hotel en Londres en 1978.

lunes, 23 de mayo de 2016

El Turpial Ave Nacional

El 23 de mayo de 1958, por la junta de gobierno presidida por Wolfgang Larrazábal, fue declarado el turpial como ave nacional.
Se caracteriza por sus colores amarillo-naranja en todo el cuerpo, excepto la cabeza y las alas, que son negras con partes blancas, y tiene una mancha azul, pequeña pero intensa, alrededor de los ojos.
El turpial habita en casi todo el territorio venezolano, así como en los Llanos orientales de Colombia y Panamá, también, en menor presencia, en el resto de la zona norte de Sudamérica.
 Imagen: El Farol